
Para llegar en óptimas condiciones a la competición hace falta estar preparado a nivel físico y evidentemente a nivel técnico y táctico. Pero donde suele haber más distancia entre los rivales es en la parte mental. Hoy me centro en un aspecto de esta parte mental, que es la central: la alegría profunda, la paz interior o, como dice Víctor Küppers (a quien copiaré en este artículo) “el buen humor”.
¿Cómo gestionamos el desánimo?
Estamos constantemente parándonos en las emociones negativas en lo que puede ir mal. Esto nos hace descentrar nuestra atención y rebajar las posibilidades de un rendimiento óptimo.
Imagínate por un momento entrar a la competición con tal seguridad, con tal paz, con tal confianza en rendir al máximo que tu objetivo fuese «que nadie venga a ti sin irse mejor y más feliz» tras acabar la competición. Esta frase de Madre Teresa de Calcuta resume lo que quiero trasladar y la petición que confirma una alegría y una paz profundas.
Como decía copio a V. Küppers en las 5 actitudes que él describe como fundamentales para vivir con “buen humor”. Yo las resumo en 3 para mayor sencillez.
1. Ser proactivo
Un tema recurrente que me parece de especial importancia es la aceptación. Aceptar las cosas como son.
¿Qué está en mis manos? ¿Qué puedo hacer en esta situación concreta?
Dar vueltas a lo que no vas a cambiar te hace pequeñito. Vamos acelerados, parece que tenemos siempre que ir respondiendo a las ingentes provocaciones de Instagram. De whatsapp. De estar al día con las noticias. De estar a la última. De responder y que me respondan al instante. Y nuestra cabeza… siempre dando vueltas a lo mismo, ensimismados.
Para, pregúntate: ¿qué voy a cambiar?
No pares de preguntarte. Nos paramos poco, muy poco.
El desahogo y la indignación tienen que tener un tiempo razonable. La aceptación, que no resignación (esta garantiza el fracaso, te deja inmóvil), permitirá caminos de éxito, te pone en marcha.
2. Relativiza cuidando lo más importante
Cuando ponemos en contexto un problema nos damos cuenta de que en la vida hay dramas, pero pocos en la vida (una pérdida de un ser muy querido, una separación compleja, una enfermedad grave, …). ¿De qué nos estamos quejando entonces? De que hace calor, frío, de que no me han respondido, de las envidias que nos generan los demás, de no hacer lo que me apetece, …
¿A mí, qué me quita la alegría? ¿Es un drama? ¿De qué me arrepentiría a los 90 años?
Yo medito mucho sobre la muerte. Ayer mismo me decía mi abuela: “Juan, tú piensas en la muerte”. Cuántas ataduras vamos generando en la vida por no tener claro el horizonte de nuestra vida, dónde termina. ¿Qué esperamos de la vida? Cuanto más pensamos en la muerte, más aprendemos a vivir. ¿Qué espero del momento de mi muerte?
Sonriamos y digámonos cuánto nos queremos. También antes de la competición. Cuando te dicen “te quiero” se genera oxitocina, lo cual nos genera satisfacción, que no euforia.
¿Qué más deseamos en la vida que querer y sentirnos queridos?
3. Ser agradecido
Alguien que sonríe, transmite alegría. ¿Nos preguntamos qué hay de fantástico en nuestra vida? ¿Qué nos ha llevado hasta esta competición? No nos damos cuenta de lo que tenemos hasta que lo perdemos. Por eso es tan importante el agradecimiento constante.
Damos por hecho lo extraordinario. Si competimos desde la alegría y el agradecimiento buscaremos la calma de quien sabe que ya ha entrado con ventaja y no con la tensión del guerrero asustado. Sonríe, agradece y lánzate a la victoria, sabiendo que la victoria real está asegurada.
Acepta, relativiza, agradece.

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