
Ser uno mismo. Nos lo hemos dicho mil y una veces. Pero ¿cuántas veces nos enfrentamos a un rival poniendo el foco sobre él? Nos dejamos sorprender por sus logros y virtudes y a veces la única forma que encuentra nuestra mente para protegernos es el desprecio. Intentamos minimizar su talento con una falsa seguridad, con frases como, ‘me lo voy a comer’, ‘con el revés que tiene no va a ningún lado’. Son pensamientos que, en el fondo, solo proyectan nuestra propia inseguridad y una evidente falta de madurez.
Esta falta de madurez y de autoconocimiento nos impide poner el foco donde debemos ponerlo: en nosotros mismos. ¿De dónde viene esta incapacidad? Normalmente no hemos hecho todo el trabajo necesario para reconocer quienes somos o, peor aún, de haber olvidado quiénes somos en el ruido de la competición.
Sería más sencillo recordarnos quienes somos, dónde estamos, cuáles son nuestras virtudes y capacidades, y entonces el rival estará en inferioridad, porque hemos vencido al primer rival que hay que vencer para alcanzar el éxito en la competición: el rival interior.
La mayoría de la gente intenta vivir en el futuro o en el pasado. Pero la competición ocurre en el presente.
– Phil Jackson
Cuando esto sucede, encontramos nuestra esencia. Al competir desde esa confianza en nosotros mismos la libertad que sentimos incluso respecto al resultado alcanza cotas enormes. Lo paradójico es que, al desapegarnos del resultado, este llega a ser más consistente.
La imagen de Michael Phelps me parece brillante. Él no se apegaba a la medalla de oro; se apegaba a la ejecución perfecta de cada brazada y a dejar que su cuerpo sacase el máximo de sí mismo. Visualizaba, centrado en sí mismo, pero desapegado del resultado (¡claro que le importaba ganar, pero no era esa su preocupación previa a la competición!). Cuando te centras en lo que controlas, el resultado llega como una consecuencia natural, no como una carga.
Lo viví en la Vuelta a Madrid Non Stop MTB. Frente a figuras como Ibon Zugasti o Raúl Bermejo. Decidí disfrutar y no acobardarme, lanzarme al ataque desde el inicio, abriendo un hueco enorme, en solitario, que me permitió terminar la primera etapa 3º. Si hubiera corrido mirando a los otros, quizás habría ahorrado fuerzas, pero nunca habría descubierto de lo que era capaz ni habría disfrutado de esa manera.

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