Skip to main content

Son las 6:30 de la mañana. Suena el despertador, lo que me fuerza a levantarme para apagarlo. Me obligo a no volver a la cama, bajando a la cocina y poniendo en marcha la máquina de café. Subo las persianas, aún no ha salido el Sol. Abro la ventana para que entre algo de frescor. Mientras se hace el café recojo el lavavajillas.

Sigo necesitando despertarme y, con el café en mano, salgo descalzo a la calle. Paseo lento, en silencio. La claridad del nuevo día va imponiéndose y el frescor matutino va activando el sistema nervioso simpático a través de los termorreceptores de la piel. Las glándulas suprarrenales liberan una descarga inmediata de noradrenalina y adrenalina. La luz frena en seco la producción de melatonina y dispara algo el cortisol. Empiezo a tener un mínimo de energía, al menos para no dormirme.

Me maravillo ante el amanecer, siempre único y precioso. Agradezco este nuevo día. Agradezco la suerte de volver a competir. En unas horas estaré haciendo lo que más me gusta. La cabeza empieza a generar imágenes sencillas de concentración, de esa capacidad de mantener el ritmo. Respiro, controlo la respiración. Vuelvo a casa, lento, consciente, sonriendo, con una respiración completa. Los nervios empiezan a emerger y se activa la amígdala, se dispara el cortisol, la adrenalina y mi corteza prefrontal comienza a actuar para transformar esta energía en atención consciente.

Subo a mi lugar de oración, silencio y meditación. Rezo. Doy las gracias, alabo. Acepto mis sensaciones (no siempre agradables ni placenteras), el momento de forma y la realidad como venga dada hoy. Acepto, respeto, amo.

El desayuno, contundente, es ocasión para mantener este foco, visualizar. Entro en la competición. Faltan 3 horas y ya estoy convencido de aguantar la rueda, de dar un plus cuando mis piernas fallen. No dejo de visualizar. No dejo de respirar conscientemente, no dejo de aceptar y agradecer lo que tengo. Me obligo a comer todo lo que me he puesto en el plato. Los nervios cierran el estómago.

Tras vestirme, meto la mochila y la bicicleta en el coche y salgo. El silencio sigue inundando este día y estoy con plena consciencia de lo que tengo por delante.

La batalla está ganada. El éxito está asegurado.

¿El resultado acompañará? Nunca lo sabré antes de empezar, pero las probabilidades de alcanzarlo las he elevado. Y mi capacidad de aprender y disfrutar de este campeonato, rindiendo a mi límite, también.

¿No sería maravilloso entrar así siempre a la competición? ¿No nos daríamos siempre las opciones de rendir al máximo de nuestras posibilidades? 

¡Profundiza en ti mismo, recibe las últimas publicaciones!

Leave a Reply

Juan Mel
Madrid, España

T: 639 236 557
E: Juanmel@zenit-igh.es