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El equipo de David

En el deporte de alto rendimiento tendemos a obsesionarnos con el talento táctico o la preparación física. Sin embargo, los vestuarios que verdaderamente hacen historia normalmente comparten dos elementos tangibles: una estructura de liderazgo perfectamente integrada y fortaleza psicológica colectiva.

Recordando mi etapa en el fútbol sala bajo las órdenes de mi entrenador, David, resulta fascinante desde el coaching de equipos analizar por qué aquel equipo funcionó con tanta precisión.

 

Modelo coherente

Destaco un factor crucial de este equipo: David ejercía como el gran líder unificador, pero existían varios líderes marcados dentro de la pista que no imponían nada, trabajaban los primeros y estaban alineados al 100% con el criterio técnico. El resto de los miembros estaban totalmente cohesionados con ellos. Cuando los líderes jerárquicos del vestuario son los primeros en sacrificarse y aceptar correcciones, actúan inconsciente o conscientemente como ejemplo para el resto del grupo.

David escuchaba, validando el componente humano, pero imponía su criterio con una coherencia predecible. ¡Qué importante es esto! Muchas veces los cambios de criterio frustran a los jugadores demasiado. Al no percibir arbitrariedad en las decisiones del líder, los deportistas actúan con certidumbre.

Gestión de roles y motivación intrínseca

Un vestuario sano necesita que todos asuman su rol, incluso aquellos jugadores con menos minutos pero capaces de sostener al grupo con sus ánimos, cercanía y trabajo. En este equipo, las quejas por el tiempo de juego eran mínimas. Cuando un entrenador logra que un jugador suplente se sienta profundamente conectado afectivamente con sus compañeros y valorado en su individualidad, logra compensar, parcialmente al menos, la falta de minutos en pista. El estatus ya no viene determinado por el minutaje externo, sino por el valor percibido internamente. Sentirse parte de algo más grande genera confianza y facilita la propia autorrealización que todos buscamos.

Fortaleza (flexibilidad) psicológica

Este equipo no estaba exento de enfrentamientos internos por excesiva competitividad, por ir fuerte o por disparidad en el compromiso individual. Sin embargo, los conflictos se hablaban, se trabajaban y se afrontaban abiertamente gracias a la fuerte amistad imperante. La excelencia no consiste en suprimir las emociones incómodas (como el enfado o la frustración por la alta competitividad), sino en desarrollar cierta flexibilidad psicológica (fortaleza la llamaba al principio). Un equipo con alta flexibilidad acepta el conflicto y las discrepancias de criterio sin juzgarlas de forma destructiva, redirigiendo esa energía hacia lo esencial del grupo, crece.

Objetivos claros

Por último, el equipo de David compartía una meta y un deseo unánime de alcanzar los objetivos midiéndose exclusivamente contra sí mismos, sin comparaciones externas. Cuando el cerebro elimina el ruido de la comparación externa —lo que Phil Jackson (2013) definía como liberarse del ego para enfocarse en el espíritu del juego—, la energía se vuelca en objetivos de realización (lo que depende 100% del deportista) y no en variables incontrolables.

 

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Juan Mel
Madrid, España

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